Pensar duele más que sufrir

Sufrir es conocido. Pensar no. El sufrimiento duele, pero no exige decisión. Te permite seguir igual mientras sientes que algo está pasando. Te deja explicar tu vida sin cambiarla. Pensar no. Pensar rompe el relato que te protege. Te quita la historia cómoda. Te deja sin coartadas. Por eso mucha gente soporta años de sufrimiento sin moverse. No porque no pueda cambiar, sino porque cambiar exige una claridad que no consuela. El sufrimiento tiene una ventaja silenciosa: no te obliga a cerrar nada. Puedes sufrir y seguir esperando. Sufrir y seguir culpando. Sufrir y seguir diciendo “cuando esté mejor”. Pensar mata ese “cuando”. Pensar no es analizar más. No es leer más. No es hablar más. Pensar de verdad es asumir una consecuencia. Y ahí aparece la resistencia real. No al dolor. Sino a la claridad. La claridad no anima. No promete. No consuela. La claridad muestra. Te muestra que llevas tiempo sabiendo. Que muchas decisiones no se toman no por falta de opciones, sino por miedo a perder una identidad. Porque decidir implica perder. Perder excusas. Perder versiones. Perder relatos que ya no se sostienen. Por eso la ocupación constante tranquiliza. El ruido. La distracción. La sensación de estar siempre “haciendo algo”. No es avance. Es evasión. La mayoría no está perdida. Está distraída de sí misma. Pensar duele porque elimina la negociación interna. Esa negociación donde prometes cambiar sin cerrar nada. Y cuando esa negociación cae, no aparece alivio. Aparece responsabilidad. Responsabilidad sin épica. Sin drama. Sin aplauso. Solo una pregunta que pesa: ¿Vas a seguir igual ahora que ya lo ves? Sufrir permite permanecer. Pensar obliga a atravesar. Sufrir repite. Pensar corta. Y lo que se corta, no se negocia. Aquí se sostiene.

NEXUM.MIND

1/17/2026