La verdad que libera no duele: duele haberla evitado tanto tiempo

Durante años creímos que la verdad era el enemigo. Que verla de frente iba a rompernos. Que aceptar lo evidente iba a destruir lo poco que quedaba en pie. Pero nunca fue así. Lo que duele no es la verdad. Lo que duele es todo lo que hiciste para no verla. Duele el personaje que inventaste para sobrevivir. Duele la historia que repetiste para justificar lo que sabías que no era para ti. Duele el cansancio acumulado de sostener una vida que ya no encajaba con tu conciencia. Duele mirar atrás y darte cuenta de que sabías la respuesta… pero no querías escucharla. La verdad no hiere: te desnuda. Te quita las excusas. Te obliga a mirarte sin disfraces. Y por eso se siente como un golpe: no porque te destruya, sino porque revela dónde estabas viviendo dormido. Hay personas que huyen de la verdad toda la vida. Saltan de relación en relación, de refugio en refugio, de ruido en ruido. Prefieren cualquier mentira antes que el silencio que las deja solas con lo que son. Pero llega un punto donde no puedes seguir. El cuerpo se cansa. La mente deja de negociar. Y la conciencia se vuelve insoportable cuando la traicionas. Ese es el momento real del cambio. Ese instante en el que ya no puedes seguir mintiéndote… aunque todavía tengas miedo de la respuesta. La verdad, cuando por fin la aceptas, no te rompe. Te ordena. Coloca las piezas donde siempre debieron estar. Te devuelve la paz que confundiste con miedo. Te muestra que no estabas roto: estabas distraído de ti. Y cuando eso ocurre, algo se enciende dentro. Una presencia distinta. Una claridad que ya no pide permiso. Un silencio que ya no pesa, sino que guía. Porque la verdad no libera por ser bonita. Libera porque no necesita disfraz. Y si duele, es porque tardaste demasiado en mirarla.

NEXUM.MIND

12/6/2025