
La mayoría no está perdida, está distraída
Existe una idea cómoda que se repite sin cuestionarse: que la gente está perdida, que no sabe lo que quiere, que necesita dirección. Pero no es verdad. La mayoría no está perdida. Está distraída. Y la distracción es más peligrosa que la pérdida porque no genera urgencia. No duele lo suficiente como para obligar a mirar. Cuando alguien está perdido, lo sabe. Hay incomodidad, preguntas, fricción interna. La distracción, en cambio, anestesia. Llena el tiempo, ocupa la mente y evita el silencio donde aparecerían las preguntas incómodas. No se presenta como un problema, sino como normalidad: agendas llenas, actividad constante, sensación de movimiento. Pero moverse no es avanzar. Estar ocupado no es estar dirigido. La gente no se pierde por falta de opciones. Se pierde porque tiene demasiadas cosas a las que atender sin atenderse a sí misma. La distracción permite seguir sin decidir, mantenerse funcional sin ser consciente y posponer indefinidamente lo que ya se intuye. Mientras haya algo que hacer, algo que mirar, algo que consumir, no hay espacio para preguntarse si la vida que se está viviendo tiene sentido. No es que no sepan lo que quieren. Es que evitan el momento en el que tendrían que admitir lo que ya saben. Saben que algo no encaja, que algo se sostiene por costumbre, que algo se ha desplazado fuera de eje. La distracción sirve para no tener que sostener esa verdad demasiado tiempo. El ruido no guía, tapa. No ordena, evita. Cuando todo está lleno, nada se cuestiona. Cuando nada se detiene, no hay claridad. La claridad no llega añadiendo más estímulos, llega eliminando lo innecesario. Cuando el ruido baja y la atención vuelve a su lugar, aparece algo incómodo pero honesto: no estabas perdido, solo estabas evitando mirar. La mayoría no está perdida. Está distraída. Y mientras la distracción siga ocupando el centro, la claridad seguirá esperando en silencio.
NEXUM.MIND
1/10/2026

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