Aguantar no siempre es fortaleza

Hay una idea muy cómoda que se repite desde hace años: que aguantar es una virtud. Que resistir siempre es fuerza. Que cuanto más soportas, más valioso eres. Y no es verdad. Aguantar, muchas veces, no es fortaleza. Es miedo bien organizado. Es costumbre con nombre bonito. Es una forma elegante de no mirar lo que ya no se sostiene. La fortaleza real no siempre se nota. No hace ruido. No pide aplausos. Y, desde luego, no siempre consiste en seguir. Hay situaciones que no se mantienen por amor, ni por compromiso, ni por lealtad. Se mantienen por inercia. Por miedo a perder una identidad. Por terror a reconocer que algo cambió mientras mirabas hacia otro lado. A eso también se le llama aguantar. Pero no tiene nada de heroico. Hay personas que presumen de resistencia cuando en realidad están agotadas. No porque la vida sea dura, sino porque llevan demasiado tiempo traicionándose en silencio. Sosteniendo decisiones que ya no sienten. Roles que ya no encajan. Versiones de sí mismas que ya no existen. Y lo llaman fortaleza porque admitir lo contrario duele más. Aguantar se vuelve peligroso cuando deja de ser una elección consciente y se convierte en una obligación interna. Cuando no sostienes porque quieres, sino porque no sabes quién serías si soltaras. Cuando no sigues porque tenga sentido, sino porque parar te obligaría a pensar. Hay una diferencia enorme entre resistencia y negación. La resistencia nace de la claridad. La negación nace del miedo. La primera tiene dirección. La segunda solo tiene duración. No todo lo que dura merece ser sostenido. No todo lo que resiste es fuerte. Y no todo lo que se cae es un fracaso. A veces, lo que se rompe no es la estructura. Es la excusa que la mantenía en pie. Aguantar se vuelve una trampa cuando se confunde con identidad. Cuando alguien ya no sabe decir quién es, pero sí sabe decir cuánto ha soportado. Cuando el relato personal se basa más en el sacrificio que en la coherencia. Ahí empieza el desgaste real. No el cansancio físico. El cansancio de vivir fuera de eje. Hay un punto silencioso —muy silencioso— en el que seguir ya no es valentía. Es huida. Huida de una decisión que sabes que llegará igual. Solo que más tarde. Y con más factura. Soltar no siempre es rendirse. A veces es dejar de mentirte. Dejar de justificar lo que ya no vibra. Dejar de llamar fortaleza a lo que, en el fondo, es miedo a empezar de nuevo. No todo aguante es noble. No toda resistencia es virtud. Y no todo final es una pérdida. Hay caídas que son liberación. Y hay permanencias que son condena. La verdadera fortaleza no está en cuánto tiempo soportas algo. Está en reconocer cuándo sostener deja de tener sentido. Y ese reconocimiento, aunque no lo parezca, es una de las formas más altas de claridad.

NEXUM.MIND

1/3/2026